La emigración o como sobrevivir en la era de la banalidad

Hasta hace no muchos años, en los inicios de la nostalgia, mirábamos a la inmigración que recibíamos desde diferentes atalayas, sociológica, compasiva, xenófoba…, pero pocas veces nos parábamos a pensar en el efecto recursivamente perverso que ejercía en los países de origen. En efecto, las personas que venían de otras latitudes eran generalmente las más cualificadas y con mayor iniciativa, lo que genera ese efecto. Ahora lo conocemos mejor porque nuestras jóvenes y nuestros jóvenes  huyen de este nuestro páramo laboral (y a veces moral e intelectual) Ahora, si ahora, sabemos que somos uno de los chollos de la Europa próspera: educamos a la juventud, incluido el coste económico y después una parte de ella muy bien preparada huye a esos lares a trabajar por un salario ínfimo y en ocasiones menor que el que cobran las personas autóctonas. ¿Se puede pedir una fuente mejor de financiación? El caso es que antes vivimos la situación contraria y no nos enteramos, pero ahora, claro, ahora, son sangre de nuestra sangre, carne de nuestra carne, dinero de nuestro bolsillo. Ahora es una putada, antes… Recuerdo a Olli Rehn, anterior comisario económico, echándonos en cara la responsabilidad moral que teníamos de bajarnos el sueldo el 20 % para generar trabajo. !Cómo no¡ Seguro que vendrían infinidad de empresas de esos países del Estado de Bienestar que aún deben existir a poner empresas aquí. Tal vez mejor trabajar sin cobrar, así vendrían de todas partes del mundo y esto sería una fiesta étnico laboral.

A la vez, hemos asistido a un proceso de banalización de la emigración nacional. Desde el Gobierno hablan de reajuste temporal de cuotas demográficas o de patrañas por el estilo cocinadas en un despacho de marketing, los medios de comunicación han pasado a considerarlo un fenómeno “natural” y la ciudadanía empieza a decir que “es lo que hay”. Incluso hay quien dice que nuestra generación de la democracia lo tuvo peor. El caso es banalizar y de paso, aceptar la imposición de los intereses económicos nacionales e internacionales.

Cuando trato estas cuestiones, no puedo sino pensar en los chicos y chicas que tienen que coger el “petate” y largarse por ahí, si es que tienen la preparación adecuada. Parece que ya no apostamos por el derecho a realizar tu proyecto de vida sino por el “sobrevivir” como sea, un avance incuestionable de la civilización del trabajo basura. Parece que el progreso se ha equivocado y circula a toda velocidad  en sentido contrario (aunque no para todo el mundo) hasta tal punto que en la próxima reforma laboral sería conveniente introducir la figura de la manumisión, de manera que algunas trabajadoras y trabajadores pudieran beneficiarse de ella, tras el preceptivo informe de la inspección de trabajo, naturalmente.

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