La vida secreta de la mierda

Reconozco que estoy obsesionado con la situación que les ha tocado vivir a las jóvenes y los jóvenes de nuestro tiempo, sin que ello suponga que me olvido de todas aquellas personas que atraviesan el desierto del paro y sus devastadoras consecuencias. La situación de la juventud me parece que es una tomadura de pelo de la gerontocracia dominante, y con ello me refiero no solo a la élite dominante que, por cierto, está compuesta por mucho más personal que el político, el denominado abstractamente poder económico, sino también a un sector de la población de edad madura bien instalado y extremadamente insolidario y acomodaticio que ha sufrido la crisis, aunque únicamente de perfil. Por supuesto, me encuentro en ese sector. De momento, y con vistas a paliar la situación, se me ocurre que procuremos librarnos del cinismo social tan en boga que parece exculpar al gobierno corrupto y sus acólitos argumentando la complejidad de la situación, la presión de Europa o el “sursum corda”, como si hacer política se tratara de someterse a la “moira” y, de paso, la reforma laboral fuera fruto de un imponderable histórico irresistible. También propongo abandonar la hipocresía que supone criticar la política de los partidos y continuar votándoles, mirando a otro lado y siguiendo ese nefasto refrán que dice “más vale mal conocido que bien por conocer”.

Parecería que este respetable sector social del que hablo transita por el carril lateral de la vida, impoluto, prístino e imperturbable ante la miseria y la desgracia, crítico de esa manera, es decir, criticando lo que a la vuelta practica, poniendo a parir al gobierno para luego votarle, no vaya a ser que pierda las elecciones y se ponga en entredicho su situación privilegiada. Al igual que Edipo, se arranca los ojos para no ver su mierda, la esconde en las cloacas del oportunismo y del fin de semana repleto de vida social. Lo cierto es que, más o menos, la mayoría estamos enmierdados y enmierdadas, quizá no hasta las cejas, pero si hasta las rodillas. No puede ser de otra manera pues la vida es un flujo de mierda teniendo en cuenta la infranqueable distancia entre las nobles aspiraciones y la facticidad. Pero de ahí no se sigue que haya que esconderla, sino más bien lo contrario. De hecho, esconderla es otorgarle vida, una vida secreta, íntima, de textura untuosa, templada y blandita. La vida secreta de la mierda consiste en todo aquello que sabemos pero ignoramos, en nuestro corazón latiendo con fuerza cuando intentamos engañar a las demás y a nosotros y nosotras mismas vomitando justificaciones cósmicas e implacables sobre el drama vital (ajeno, por supuesto) consiste en el temor que nos asalta cuando oímos discursos políticos heterodoxos a los que acusamos de radicales, en la saliva que tragamos cuando oímos al jefe o a la jefa que la cosa va mal, que algo habrá que hacer, en la sonrisa que ofrecemos al poli cabrón (generalmente masculinísimo)  que nos putea porque tiene pistola. Si, eso es la vida secreta de la mierda. Nuestra mierda de vida cómoda.

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