Ante tanta duda, me inclino por follar

Hace bien poco leía a uno de esos autores y autoras que me atraen de forma irresistible y un tanto morbosa. Sí, morbosa, porque lo que más me gusta es que flagelan sin piedad mi rancia y casi vacía mochila de las creencias. En este caso se trataba de Ulrich Beck, un fenómeno donde los haya, quien parafraseando a alguien que no recuerdo tildaba a esta nuestra época de “heisenberiana” por eso de la incertidumbre. El caso es que tras un par de semanas incertidumbrede reflexión sesuda he decidido enmendar al plana al mismísimo Beck, al llegar a la conclusión de que nos encontramos en una fase más allá de la que él propone, estamos en la era post heisenberiana, es decir, en la incertidumbre de la incertidumbre: ni tan siquiera poseemos la certeza de la incertidumbre. No estamos seguros y seguras de nuestra inseguridad. ¡Vaya lío! Después  de leer concienzudamente los periódicos, mi feedly, contar y recontar las barbaridades que día tras día conocemos y repasar el rastro dejado por mi agotada ilusión, no puedo por menos que reclamar el advenimiento de la nueva época.  Como es natural, las reacciones de las personas son tan absurdas como la misma época post heisenberiana: ayer una señora mata a tiros a una política, hace días un pirado rapta a un par de centenares de niñas, Putin… bueno Putin es Putin; un miembro cualificado de un grupo rock de Gran Bretaña no paga a hacienda pero dona dinero a obras de beneficencia… y así hasta el infinito matemático.  Hay gente que palía el desaguisado que provoca en nuestras vidas la incertidumbre de la incertidumbre fastidiando al prójimo, hay quien se dedica a trabajar enloquecidamente, quien se entrega a los demás y a las demás, otras personas deambulan por la vida, otras optan por enriquecerse, etc., etc… No creo que merezca la pena concretar más soluciones individuales, salvo, tal vez, la curiosa tendencia que he observado en algunos y algunas especímenes humanos de mi edad y en mayor medida entre la juventud: hay quien prodigiosamente opta por follar. En lo que a mi respecta, lo de fastidiar al prójimo me resulta más que desagradable; en cuanto a entregarme generosamente para hacer más llevadera la vida de otras y otros, carezco de la heroicidad necesaria (y esto es una confesión, no un sarcasmo); deambular sin rumbo me convertiría en esclavo de la vida, chungo; qué voy a decir de trabajar o dedicarme a hacer dinero, el colmo del aburrimiento. Pero lo de follar, sí, esto sí que me va, me parece una buena respuesta para sobrevivir en la era post heisenberiana. La única pega que encuentro es que cuanto más follo más amo y cuanto más amo más me acerco a las personas que me rodean y más y más siento su vida en la mía. Una jodienda, no hay forma de sacudirme de encima esta estúpida humanidad. Es lo que hay. En fin, estoy dispuesto a aceptar este peaje siempre y cuando la humanidad no me haga olvidar que dependiendo de las circunstancias puedo llegar a ser una bestia inhumana.

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