Putin y la anonimia

Entre los recuerdos que guardo de mi padre, hay uno que me resulta especialmente divertido. Tras una conversación sobre el “amor” se me ocuió argumentar que no se trataba más que de sexo expresado en forma respetable, a lo que mi padre respondió dirigiéndose a mi madre: como se nota que es “cáncer” (signo del Zodíaco) tiene el sexo metido aquí (y se llevó el índice a la frente) Me pareció gracioso porque ni por asomo pensaba que mi padre haría caso de entretenimientos baratejos de ese estilo y, sobretodo, por echar mano a una explicación cósmica planetaria para dar razón de un fenómeno tan terrenal y tan carnal como el amor-sexo. Ahora me doy cuenta de que mi padre no entendía lo que estaba pasando, la repentina y brutal crítica que la Historia hacía del franquismo y su esteriotipado y chusco sistema de valores. Y también me doy cuenta de que algo parecido está sucediendo en este momento: de nuevo la Historia ajusta cuentas con una generación. Nuestro sistema de valores lleva en crisis más de 15 años y seguimos sin enterarnos. La generación del post franquismo resumió sus creencias en el binomio libertad-responsabilidad y parece que nos cuesta apearnos del burro, tal vez porque nos cuesta entender lo que está ocurriendo, entre otras cosas, la obsolescencia de ese binomio, convertido en tópico generacional vacío de significado. La crisis, la globalización, la decadencia de Europa Occidental, los mercados…todo eso que hemos dado en llamar la segunda Modernidad. Y últimamente, por si fuera poco, Putin y su cinismo. Como si se tratara de un símbolo ecléctico, Putin se nos presenta orgulloso, dominante e incomprensible, el signo de los tiempos,Irudia recordándonos que a él la crisis se la suda, que Europa es una mierda y que hace lo que le da la gana en Ucrania y… veremos.¿Quién se atreve a levantar un dedo? Ni siquiera Merkel, a la que creíamos la reencarnación de Tatcher, la nueva dama de acero (el hierro es más de Gran Bretaña, en Alemania se hace acero del bueno) Hollande, el baluarte ignoto de la izquierda, comenzó alzando la voz con lo de Crimea y después se ha acatarrado. ¿Y el resto de la vieja Europa occidental?…mejor no preguntar.

¿Qué está pasando? Esta es la pregunta. Me dan ganas de utilizar la estrategia de mi padre, pero me parece que no colaría. La verdad es que no tengo respuesta, aunque creo que si podríamos estar de acuerdo en una consecuencia de esa desconocida respuesta. Sí, no sabemos qué pasa, pero conocemos de sobra algunos de sus efectos sobre nuestras vidas. Creo que el más notorio, el más directo y rotundo es la anonimia. Si algo podemos percibir de la actual situación es la inmensa, grandiosa, anonimia de nuestras vidas, la invisibilidad histórica que nos cubre. Somos la nada. Ni protagonistas de nuestras vidas, ni sujetos libres y responsables que construyen su proyecto vital, ni agentes transformadores, ni… Somos la morralla, aquello en lo que Putin no piensa, nos define la indefinición, el no ser. Sartre estaría loco de contento.

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