Clásicos o modernos, desagües al fin y al cabo

Irudia De siempre me ha producido repelús el empeño por hacer de la escuela una nueva “Alimut”, un inexpugnable e imperecedero reducto donde la chiquillería es alimentada con la “ambrosía” de la sabiduría. La verdad, me parece una imagen torpe y, desde luego, alejada de la realidad. Sea como fuere, se trata de un clásico y como todo clásico en este bendito país, digno de elogio (sino que se lo digan a Raphael) Precisamente en esto reside su fuerza y, también, su crueldad. Su fuerza, porque la estabilidad, no pocas veces interpretada como continuidad, termina por estereotiparse en formas de hacer ajenas a la transformación, como si tratar de modificarlas supusiera un ataque en la línea de flotación de la institución. Crueldad, porque eso mismo convierte a las personas en sujetos pacientes de una situación que les viene encima sin comerlo ni beberlo: o te adaptas o te vas (“esto o lo otro”) Dentro de este esquema los mecanismos de desagüe de la escuela para evacuar elementos “nocivos” carecen de justificación “ad hoc”, son simplemente evidencias naturales: por ejemplo, “este no es el centro que te conviene”, “aquí no podemos atenderte”, “te falta base, es conveniente que repitas”, etc. Digo que son evidencias naturales, porque la falta de sintonía entre individuo e institución es patente, especialmente en el sufrimiento individual y en la disfunción institucional. De hecho, estoy seguro que para las almas cándidas (entre las que me he encontrado) tirar de la cadena de la bomba para desaguar un elemento indeseable es un bien tanto para la escuela como para la alumna o el alumno.

El afán por desaguar no es exclusivo del clasicismo. La modernidad aportó formas notables y muy interesantes de excluir la basura del sistema. Especialmente porque eran racionales o, mejor, racionalizadas: pongamos una etiqueta y problema resuelto. El avispado Foucault ya nos lo hizo saber con aquel formalismo aristoso de sus escritos. En la época de la segunda modernidad que nos ha tocado en suerte, los mecanismos se han hecho más sutiles y, por ello, más atractivos. Se prescinde de la racionalización y, por tanto, de la etiqueta: hoy en día se desagua en nombre de la libertad individual y de la igualdad de oportunidades. Si alguien tiene dudas que lea el preámbulo de la LOMCE. No obstante, y a pesar de parecer increible, existen Irudiaformas aún más refinadas, nacidas de pragmatismo administrativo bienpensante y nutridas del desequilibrado reparto de poder existente en la institución escolar. ¡¡¡Mira que quien manda no se ha  enterado todavía de quién manda en los centros educativos!!! Por poner algún ejemplo liviano: programas de intervención específica para alumnado inmigrante o con retraso curricular o con dificultades de aprendizaje o con… Como es de suponer, en este caso si que se echa mano de un argumentario “ad hoc”, un desesperado intento por insertar la excepción en un discurso por definición incluyente, nuestro Houdini “customizado”. Por su puesto, ya no hay cadena de la que tirar como en el modelo clásico (aún vigente, por cierto) ni elección binaria “esto o lo otro”, sino un desagüe continuo, un desgaste perpetuo que banaliza la presencia de una parte del alumnado en la institución escolar hasta mudarlo en parias del sistema: dentro de él pero fuera de sus beneficios. Una incomodidad temporal, solo eso.

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